Ernesto
El público aplaudía de pie entusiasmado mientras las letras de crédito subían por la pared del cine Avenida, banda sonora a cargo de Ernesto Rodríguez Sánchez. Apretó con su mano sudorosa la mano de su mujer, Maripaz, al tiempo que una corriente de emoción le recorría todo el cuerpo. Era el día del estreno de “El pianista, versión española” y la energía que se respiraba en ese instante presagiaba el éxito de la película.
Quien le iba a decir a Ernesto que nueve meses antes estaba prostrado en la cama blanca de un hospital escuchando el goteo que caía por la vena que le habían puesto para alimentarle, tic-tac, tic- tac. Ese goteo que le había salvado la vida y que se la había arrebatado.
Ernesto tenía 45 años y había trabajado de contable desde que recordaba. Entró jovencito en un despacho de abogados a través de un contacto de su padre, al principio como chico de los recados, archivando facturas y preparando el café y poco a poco le fueron dando las cuentas de algunos clientes.
El despacho se encontraba en un 4º piso de un edificio de 6 plantas del barrio de Hortaleza. El piso era espacioso, contaba con 3 habitaciones para cada uno de los socios, dos hombres y una mujer, una sala de juntas, un cuarto de archivo, el office y dos cuartos de baño. Estaba decorado con un diseño tradicional, cálido y confortable a excepción del cuarto de archivo que era blanco y frío, con luz eléctrica y un ventanuco que daba a un pequeño cuarto de baño. En una mesita de oficinista de antaño de cara a la blanca pared sin más decoración que un calendario de hace años trabajaba Ernesto.
Los socios del despacho solo caían en la presencia de Ernesto en época de cierres de ejercicios, en que con el menor tiempo posible, como si les produjera mala conciencia entrar en el cuarto de Ernesto, le soltaban folios y folios de cuentas y facturas. También en alguna Navidad le habían regalado un jamón de Navidul y una botella de oporto.
Para mayor remarque en el cuarto de baño, que solo usaba Ernesto, siempre hubo un grifo roto que Ernesto se acostumbró a escuchar como un reloj que gota a gota, tic-tac, tic-tac, le iba contando los minutos que faltaban para que dieran las seis en punto, hora en que abandonaba el despacho para dirigirse a su apartamento alquilado a tres manzanas de distancia.
En su apartamento la vida no mejoraba, encendía la televisión y la miraba sin verla hasta que la apagaba a las doce para irse a la cama. Arropado con la colcha de ganchillo de su madre escuchaba el goteo del grifo roto del baño, tic-tac, tic-tac que nunca se había preocupado por arreglar, hasta que se quedaba dormido contando los días que le quedaban para jubilarse.
Y de repente, un día del cualquiera del mes de marzo los socios del despacho se acordaron de Ernesto. Le llamaron a la sala de juntas y sin muchas explicaciones le entregaron una carta de despido y el finiquito de su nómina. Ernesto recogió sus escasos enseres acumulados en años y en silencio salió por la puerta.
Ya en su casa, sentado en el sofá frente a la televisión se sintió muy perdido. No le gustaba su vida gris pero era la única que conocía. No salió de casa en semanas, salvo para comprar algunos víveres en el chino de la esquina. Escuchando el grifo roto tic-tac, tic-tac, fueron pasando los días hasta que cuando le quedaban solo tres de cobro de desempleo decidió que no quería seguir, pero no cayó en que ese mes no había pagado el alquiler y el casero le encontró inconsciente en la cama.
Pasó 53 días en el hospital. Compartía habitación con una mujer de unos treinta y tantos años que estaba ingresada porque su ex pareja le había propinado una paliza tremenda que le había dejado inconsciente y con fracturas múltiples en costillas, pelvis, brazo y muñeca. Estuvieron tres días sin hablarse, hasta que la mujer le contó que se llamaba Maripaz y lo que le había sucedido.
Era una mujer muy vital, trabajaba como asistente de efectos especiales en una productora cinematográfica y tenía una niña de cinco años con quien vivía en un pisito en el centro de la capital.
Como si le importara de verdad esa mujer anónima empezó a interesarse por la vida Ernesto. Al principio Ernesto evitaba conversar, le contestaba con monosílabos o se hacía el dormido. Además pensaba que no tenía nada interesante que contar, pero ante la insistencia de ella empezó a abrirse un poco. Le contó que de pequeño le gustaba mucho la música, que había estado dando clases de piano, pero que lo había ido abandonando porque no creía que tuviera ningún futuro con ello. También le habló de sus días grises de oficina, de sus tupper de lentejas, y de como se había ido apagando poco a poco.
Ella le escuchaba atenta y compresiva. Le hacía preguntas, muchas preguntas, y se fueron conociendo. Ernesto recuperó unas carcajadas que desconocía, bromean con el personal sanitario, bromeaban con la comida. Trasnochaban viendo película antiguas, parecían olvidarse de donde se encontraban.
Ernesto mejoró notablemente, el médico le dijo que si no fuera por esa fiebre que no se explicaba porque no bajaba ya le hubiera dado el alta. Ernesto temía ese momento, no recordaba haber sido nunca tan dichoso.
Y una mañana del mes de noviembre la fiebre desapareció. Confuso Ernesto se vistió y abandono el hospital. Ya en su casa, con la nevera vacía y sin Maripaz se sintió solo, pero no desesperado. Rescató los ahorros de la cartilla y se compró un piano. Se pasaba el día ensayando y por las noches, escuchando el grifo roto componía, tic, tic, tic, tac, tic, tic, tic, tac, tic tac, tic,tac….
Visitaba a Maripaz todos los días en el hospital, también mejoraba. Le llevaba flores, bombones, libros, partituras, cada día algo diferente y conversan durante horas. Ya eran pareja. La niña, Alicia, venía con su abuela a verla siempre que podían. Ernesto se entendía bien con ella, nunca había pensado que fuera niñero, pero esa pequeña despertaba su lado más tierno.
Por fin Maripaz salió del hospital, y poco después se reincorporó a trabajar llevándose bajo el brazo, aparte de el alta, la banda sonora de “El pianista, versión española”.
E.D.R. 29.11.2009
Día Mundial del Daño Cerebral Adquirido
El encuentro tuvo como objetivo reivindicar ayudas urgentes para todos los damnificados de Daño Cerebral y fué organizado por la plataforma de asociaciones nacionales de Damnificados de Daño Cerebral
Proclama esta asociación la necesidad de ayuda en todos los frentes ante el silencio de las diferentes administraciones. Su objetivo sería llamar la atención y pedir ayudas para poder dar el correcto tratamiento a sus familiares enfermos.
Más de 2.500 personas, niños y mayores, de todos los puntos de la geografía española, se pusieron un poncho amarillo donde se leía el eslogan que más tarde han repetido todos los presentes en voz muy alta: “¡Estamos aquí! Necesitamos que nos escuches”.
Un acto solidario en un día donde todas las fuerzas estaban concentradas en la ayuda a los afectados por el daño cerebral adquirido –más de 300.000 personas en España-.
Cristina López Pascua (Presidente LESCER)Desde la Fundación LESCER, quiso agradecer el trabajo de la Fundación blanca: “Dar las gracias por cómo nos han ayudado desde el Real Madrid para este evento, el más importante para nosotros porque es la primera vez que nos reunimos todas las instituciones que trabajamos entorno a esta enfermedad, y segundo, porque es la primera concentración de daño cerebral adquirido. Aquí hay muchas historias humanas, muchas familias de toda España que hoy se sienten un poco más reconfortados, gracias también al Real Madrid”.
Asturias Abandonada

Nos hemos enterado de un nuevo grupo (mural) especializado en Flickr dedicado a la fotografía de abandonos en Asturias. Interesados ver aqui
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