junio 11, 2007

CULTURA Y DEMOCRACIA 1ª parte de tres.

La democracia es una forma de participación de los ciudadanos en los asuntos de la política, que ha demostrado su validez y que satisface a la mayoría de los países desarrollados del mundo. Sin embargo saliendo de este ámbito político, la democracia no se practica con tanta efusión, a pesar del reconocimiento que tiene como fórmula de consenso y de convivencia.

Durante esta campaña de las elecciones municipales y sin necesidad de tomar un curso intensivo de liderazgo, para profundizar en las teorías de Robert R. Blake y Jane S. Mouton, de Hersey Blanchard, o de Fielder y Vroom, podríamos afirmar que hay dos clases de líderes políticos, los que escuchan y a los que hay que escuchar.

Y siempre que hay dos posiciones, se puede articular un desdoblamiento, entonces tendríamos, a los que primero escuchan y luego hablan, y a los que primero hablan y luego escuchan.

Y así sucesivamente, a los que primero escuchan y luego siguen escuchando, y a los que primero hablan y después siguen hablando. Por lo tanto ya son cuatro posiciones, todo un grid situacional del liderazgo, respecto a la capacidad de escuchar de la clase política nacional. Un país como el nuestro, que ha padecido una larga dictadura, tiene una gran tradición de caudillos, aunque sólo sea por aprendizaje vicario.

Los caudillos son esos líderes obsesionados por la tarea, esos que parece que tienen una misión divina, que son elegidos por una fuerza poderosa e invisible para llevarnos a todos, queramos o no, a la tierra prometida. No pierden su tiempo haciendo las relaciones sociales, el mínimo imprescindible, ellos quieren obediencia y prefieren la sumisión a toda costa, porque para ellos lo importante es lograr los objetivos que ellos eligieron sin contar con nosotros.

Aquel país ha quedado atrás, pero aun subyacen ancladas en nuestra conducta social, gestos y actitudes, que ponen de manifiesto que todavía hay en nuestra sociedad una fauna política representativa de aquel liderazgo del caudillo visionario. Perdón por este chiste fácil, que es como Juan Palomo que dice, yo me guiso y yo me lo como. En una sociedad moderna esto lo debemos desterrar, no porque sea un anacronismo, si no porque ha demostrado su inutilidad, porque lo importante no es crecer mucho, si no que lo hagamos juntos.

Las teorías modernas del liderazgo han evolucionado de la mano de la revolución tecnológica, que ha sacudido a las sociedades. A raíz de los cambios que la tecnológica aportó a la sociedad, el pueblo llano ha podido tener acceso a la información, que ya no está en manos de unos pocos. Internet ha popularizado los bancos de datos, las bibliotecas, las tesis y las investigaciones, hoy el conocimiento es más accesible. La red ha traído consigo una revolución social y política impensable, como que este año hayan votado a través de Internet los ciudadanos de varios países de Europa. Además de que votar a través de la red, es muchísimo más barato y efectivo, podemos saber los resultados con inmediatez.


La aparición de ZIVIS, la grid que creo la Universidad de Zaragoza, la primera de España, también llamado superordenador ciudadano, logró una sinergia de 5.000 máquinas conectadas. ZIVIS representa otro ejemplo de que la ciudadanía quiere participar, involucrarse y hacer cosas.

Los ciudadanos de Zaragoza han brindado los recursos ociosos de sus ordenadores, a un centro de investigación, que no tenía el presupuesto suficiente para compararse un superordenador de 30 millones de euros. El resultado que logró ZIVIS fue asombroso, porque rebasó todas las expectativas al alcanzar las 800.000 horas de cálculo, como se pudo ver en las noticias que salieron en los medios de comunicación hace unas semanas.


La ciudadanía ha creado una red y una estructura de flujos de información independiente de los grandes centros del poder, lo que ha permitido crear una sociedad del conocimiento democrática. Pero esto que se dice en dos palabras, tiene unas consecuencias de un calado social, económico y político profundo.

Y una de ellas es sin duda la aparición de una ciudadanía más participativa, solidaria, socioconsciente y creativa. Esta nueva élite de ciudadanos con acceso a los bancos de información, que comparan los programas políticos, que son capaces de evaluar las promesas de los hechos, que dialogan con otras culturas, porque que se abren ante la otredad, ya están demandado y exigiendo cambios sustanciales en los modos y maneras de hacer política.
Estos días podemos ver encuestas de opinión sobre la confianza que parece no tener la ciudadanía en la clase política.

Veamos con sonrojo algunos resultados, tomados al azar de una de estas encuestas que circulan estos días por la red. En un estudio de casi 4.500 encuestados. El 41% dice que los políticos nunca han merecido su confianza. El 42% dice que perdió mucho su confianza, porque los políticos no piensan en los ciudadanos. Sólo el 9% dice que la perdió un poco y que ya no se fía como antes y sólo un 8% sigue confiando en nuestra clase política. La ciudadanía no se fía, los discursos vacíos no les satisfacen, se sienten alejados de las decisiones que afectan a sus vidas, quieren certezas y no hay mayor certeza que participar uno mismo en las decisiones.

Omar Fernández Ramos
Secretario de ACCIÓN (Amigos del Centro Cultural Internacional Óscar Niemeyer)

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