septiembre 26, 2007

Hacia la intolerancia y la estupidez


¿Tan dificil es la convivencia? ¿Para esto se crearon ilusiones en los 70? Quizás la camiseta de uno de ellos refleje mejor que nada el espiritu que les mueve.

septiembre 02, 2007

El imperio viaja a China

Quizá resulte poco conocido que en nuestro país el equivalente a las joyas de la corona, pongamos como ejemplo la Brítanica, lo constituye colección de armas custodiada en la Real Armería del Palacio Real de Madrid, un "museo" digno de visitar como lo es en aquel país su equivalente, la Torre de Londres.

Con motivo del año de España en China, donde se van a exponer algunas piezas, el diario ABC publica un artículo sobre el tema en tono bastante divulgativo que nos ha parecido interesante traer a estas páginas.




Fuente ABC



POR VIRGINIA RÓDENAS



A la luz del sol poniente desfilaron todos los grupos de participantes entre los aplausos de miles de espectadores». Era domingo, 8 de septiembre de 1912, cuando en la Lonja del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial se cumplía con la liturgia final del último torneo caballeresco celebrado en España.



José María Florit, que fuera conservador de la Real Armería, representó a Felipe II, la Infanta Isabel Clara Eugenia estaba encarnada por la señorita de Borrell, un tal Lauffer se metió en el pellejo del archiduque Alberto, y el Príncipe Felipe revivió en el niño Echineque. «La Infanta —recoge la crónica de «La Ilustración Española y Americana»— iba acompañada de una corte de bellezas...» En liza, el mantenedor (Vianor Sánchez Mesa), con el nombre de «el Caballero de San Lorenzo», y el señor Ibarrola, con el de « Caballero de San Andrés».



Ambos se presentaron «cubiertos de brillantes armaduras y acompañados de sus escuderos, armados igualmente; rompieron las lanzas convenidas, luciéndose todos como consumados jinetes en este torneo, en el de espadas (combate a pie) y en el juego de la rosa».



De todo ello fue testigo de excepción la Infanta Isabel «La Chata», quien, como da fe el cronista, «salió complacidísima» y felicitando «a cuantos habían tomado parte en tan culta y artística fiesta», evento con el que se conmemoraba otro torneo que debía de haberse celebrado en 1593 en honor de la hija del Rey y su esposo, y con el que tres siglos después el municipio escurialense obsequiaba, tocando el estío a su fin, a la colonia veraniega.




Eran los últimos coletazos del espíritu romántico que desde la primera mitad del XIX, tal y como explica Álvaro Soler, sucesor del ilustre Florit y actual conservador jefe de la Armería Real, «anhelaba algunas formas de vida y manifestaciones propias, sobre todo, del bajomedievo y primer renacimiento». Ya en el XX, el halo del emperador se extendió en el «revival» de torneos «estilo Carlos V» donde fueron habituales los retos entre competidores militares por el duque de Gor y el de Veragua.



Uno de estos festivales, muy celebrado, fue el que tuvo lugar en la Plaza de Toros de Madrid por las víctimas de las inundaciones de Málaga en 1907.



Hoy sobre la mesa del Taller de Metales del Palacio Real se limpia un magnífico casco de Carlos V adornado con un delfín, «que significa realeza y que, como el león en la tierra, es el más noble de todos los animales del mar. Carlos V también decía cómo debían ser sus armaduras —explica Soler a D7—, y cuando va a las campañas norteafricanas utiliza a Santiago Matamoros y cuando surgen los problemas con los príncipes luteranos alemanes manda, a partir de 1531, que en todos sus petos y espaldares aparezca la Virgen María y Santa Bárbara, dos devociones clásicas de los Habsburgo.



En las armas no se separa lo religioso de lo prosaico. Por eso también se encargan cascos con los turcos vencidos a los que la fama y la victoria tiran de los bigotes para demostrar que están subyugados por el emperador, y éste generalmente viste a la manera romana para enlazar con el simbolismo de los grandes emperadores romanos... No olvidemos que una de las principales razones de la caballería era la defensa de la fe y eso incluye una amalgama de elementos del mundo medieval y renacentista, ambos con raíces clásicas».




En el taller, los restauradores Isabel Delgado y Víctor Lastra, ultiman los preparativos para el embalaje del tesoro de la Armería Real, más de cincuenta piezas entre lo más granado de la colección, que este septiembre lucirán en la Ciudad Prohibida de Pekín, como broche de oro al Año de España en China que con tanto éxito ha conducido la Sociedad Estatal de Acción Cultural Exterior.



Los chinos pidieron historia y España, con un fabuloso esfuerzo de Patrimonio Nacional, les manda, amén de la prueba del imperio que fue, las joyas deslumbrantes de la caballería. Armas para matar, para cazar, que fueron grandes regalos de Estado... La imagen del poder.



Al cabo, «un sueño, el de la caballería —añade el armero—, que quedó definitivamente roto por la primera guerra mundial. No volvieron a celebrarse esos torneos con atrezzos inspirados en los fondos de las colecciones históricas. Fue la puntilla a la desaparición efectiva de las armaduras que se consuma a lo largo de la primera mitad del siglo XVII, motivada sobre todo por el perfeccionamiento de las armas de fuego —gracias a la pólvora que habían inventado los chinos—. Desde finales del XVI, su eficacia motivó incluso la aparición de un tipo específico de armaduras conocidas como “a prueba de arcabuz”, caracterizadas en su superficie por las señales dejadas por las balas disparadas sobre ellas.



Eran estas huellas el sello que certificaba su calidad. Pero su uso, por lo pesadas, fue relegado al asedio de plazas. La Guerra de los Treinta Años, entre católicos y protestantes (1618-1648), fue el último gran enfrentamiento en el que se usaron armaduras. Este conflicto y la desaparición de estas defensas corporales así como los juegos caballerescos tal y como se habían concebido hasta entonces supusieron el fin de una época».



Justas, torneos y paradas triunfales ya sólo cobrarían vida en nuestra imaginación a través del boom de la novela histórica y de las historias que nos ha regalado el cine. Pero se resiste a morir en los uniformes de guardias presidenciales y reales europeas que nos remiten a ese mundo caballeresco medieval y que en el caso de la uniformidad de gala de la española lleva las iniciales de Juan Carlos I como lo hacían en el XVI.



La herencia del emperador Maximiliano I de Austria, abuelo de Carlos V, el «último caballero» con todas las de la ley, que volverá a deslumbrar en China.





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