mayo 11, 2010

Camino de Santiago

El calor era insoportable. La temperatura rondaba fácilmente los 38 grados centígrados. Arrastraba los pies, de forma que no había huellas, sino regueros, tras él. Su calabaza, vacía, chocaba a cada paso que daba contra el bordón. Eso habría desanimado a cualquiera, pero no a este peregrino. Su problema era que lo hacía por fines egoístas. Llevaba tres días caminando y no había encontrado fuente alguna para rellenar su calabaza. Se sentó bajo la sombra de un árbol. A su derecha, el polvoriento y a la vez pedregoso camino. A su izquierda un verde campo que aguantaba sin dificultad el bochornoso calor. En él vio un gran rebaño de ovejas pastando y una pastora (calculó unos dieciséis años) acompañándolas. El peregrino se levantó con enormes dificultades y caminó hasta llegar a donde estaba la pastora.

-Llevo tres días caminando desde Francia. Me duelen los pies, estoy agotado y no he encontrado ni una sola fuente en el camino- Al ver la cara de asombro de la pastora añadió- ¡Pero corre! ¿Dónde está la hospitalidad al peregrino?- Y la pastora corrió a hacer lo que el peregrino le decía. Se dirigió hacia una pequeña casita que había cerca del prado. Al cabo de un rato la pastora regresaba con la calabaza llena. El peregrino bebió ávidamente:

- No solo tengo sed, sino que además estoy hambriento. Esto no tendría que decírtelo yo, pero eres pequeña y debes aprender. Deberías invitarme a quedarme una noche en tu casa. Entonces yo te diría que solo hace falta que me dieras de comer hoy.

- No sé si tenemos suficiente comida para mediodía- Dijo tristemente la pastora

- Mira tu rebaño, ¡tienes miles de ovejas! ¡Sólo faltaba que me dijeras que no tenéis comida para uno más!- La pastorcilla mató una oveja aquella mañana, que en el mediodía compartió con el peregrino.

-La comida estaba deliciosa, debo admitirlo. Creo que te debo algo. Me caes bien, así que voy a contarte lo que voy a hacer en este viaje.- Comentó el arrogante peregrino- Verás, doy por entendido que sabes que estamos en año Jacobeo y todas las oportunidades son bienvenidas. Pienso ir a Santiago para conseguir la prueba de que he estado allí y decírselo, incluso, a cualquiera que se me cruce por la calle. Además allí me perdonarán mis pecados, que aunque sean pocos, siempre hay que estar limpio. – El peregrino partió tras descansar un rato, y se fue sin ni siquiera despedirse de la hospitalaria pastora. Caminó y caminó durante días, pensando en los halagadores comentarios que haría la gente al saber que había hecho el camino de Santiago. Al noveno día de viaje llegó a Roncesvalles.

-Vaya pueblucho… por aquí, perdido en medio del campo. No sé que dicen que tiene de especial. Francia es mucho mejor.- Así pasó el día que estuvo en Roncesvalles, hasta que, al caer la tarde, justo antes de salir de él, se encontró a un turista español que viajaba a Francia.

- Buenos días, buen hombre.- Saludó amablemente el turista- Mire, me he quedado sin agua en el camino. ¿Sería usted tan amable de darme un trago de su calabaza?- El peregrino miró al turista. Realmente parecía sediento.

- ¿Yo? ¿Y por qué debería hacerlo? ¿No le da vergüenza? Llevo ya diez días de camino y debo reservar el agua para llegar a Santiago. ¿Le gustaría que me quedara sin agua en medio del camino? Luego se sentirías mal y no puedo dejar que eso suceda. Además, esta calabaza es importada y no dejaré que beba de ella- Y así dio por zanjada la conversación. El peregrino prosiguió su camino, pero de repente empezó a sentir remordimientos de aquel turista. Recordó su encuentro unos días antes con la pastorcilla. ¿Qué hubiera pasado si la pastorcilla le hubiera dicho lo que acababa de responderle al pobre viajero? Ahora mismo estaría muerto. La pastorcilla había cubierto sus necesidades cuando él más lo necesitaba y además había sido muy desagradable con ella. Entones comprendió que la pastorcilla le había dado ejemplo y eso mismo era lo que debía hacer con la gente. Así que volvió sobre sus pasos y llegó a Roncesvalles. El peregrino llegó al lugar donde había encontrado al turista, pero no le encontró.

Buscó por todo el pueblo, por los alrededores, preguntó a la gente… Entre tanto la noche caía y él no tenía lugar para dormir. No había encontrado al turista y se sentía mal. Quería disculparse y darle su calabaza importada si era necesario para que le perdonase. Agotado buscó algún hostal, una casa donde dormir aquella noche, pero, o bien no había más sitio o los paisanos habían visto como se comportaba con el turista y como había hablado de su pueblo. Así que se apoyó en una pared de una casa, se cubrió con su manta y se tumbó en el frío suelo de la calle. Al cabo de un rato un hombre le tendió la mano, el peregrino la agarró y se levantó. Aquella noche durmió en una posada. Al día siguiente prosiguió su camino, pero esta vez por fin comprendía el verdadero sentido del camino: el compañerismo. Llegó triunfal a Santiago. Una vez en la catedral pidió a Santiago por la pastorcilla que le había ayudado y por el turista que le había invitado a la posada aquella noche en la que lo creía todo perdido

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